Narcotour

NarcoTour

Este es un proyecto académico de los estudiantes del curso de Periodismo Internacional del Pregrado en Comunicación Social de EAFIT.

Profesor Mauricio Builes Gil.

Correo: narcotour.medellin@gmail.com

Viernes, 16 Junio 2017 22:01

San Pedro, el cementerio que fue trinchera

Escrito por Sara Gómez y Geohaiza Alcalá
El cementerio San Pedro fue declarado Monumento Nacional en 1999 El cementerio San Pedro fue declarado Monumento Nacional en 1999

 

El cementerio San Pedro, al norte de Medellín, ha servido de refugio, discoteca, campo de batalla y, hoy en día, de museo de arte y cultura. A pesar de que se creó para que fuera el cementerio de las familias de prestigio de Antioquia, por su ubicación, cerca de las laderas más pobres, se convirtió en el lugar de reposo final para los campesinos que han migrado a la capital.

Pero en la década de los ochenta, con la entrada fuerte del narcotráfico, San Pedro también fue el cementerio de los matones a sueldo contratados por el cartel de Medellín. Alias “bocato”, “millones” “la camajana”, “Pájaro”, “Fresas”, “Humberto”, “Pipe Pérez”, “Ñato” y los hermanos de “La Kika”, actualmente extraditado a los Estados Unidos, son sólo unos cuantos ejemplos.

Fotografías de los hermanos del sicario “La Kika”, quien paga una condena de 160 años en una cárcel de los Estados Unidos.

 

Los celadores y sepultureros del cementerio recuerdan las extravagancias de esa época: hubo hasta tarimas con mariachi, marihuana, licor y balas al aire. Entierros a plena luz del día y entierros discretos a media noche. Incluso, algunas veces le daban propina al sepulturero para cambiar de lugar al muerto y evitar que los enemigos de otras bandas de sicarios, lo desenterraran para “rematarlo”.

San Pedro también hizo las veces de trinchera, tanto para policías que llegaban a mitigar el caos, como para vendettas entre las bandas de sicarios. En pleno entierro, si un grupo estaba enterrando a uno de los suyos, era de esperarse que el enemigo llegara con la intención de acabar con el resto del grupo o a cerciorarse de que la persona sí estuviera muerta. Quienes morían en pleno entierro eran sepultados allí mismo, era un ciclo de nunca acabar. Los sepultureros recibían entre 30 y 40 personas cada día y, la mayoría, llegaban por muerte violenta.

Carlos Pizano* era hijo de un líder de una banda de sicarios, asesinado dentro del cementerio en la década del noventa. Aunque ese día sólo tenía 8 años de edad, recuerda los detalles de la muerte de su padre. Él fue testigo.

 

El cementerio hoy es un referente cultural de la ciudad.

 

Muchos de los cuerpos de los sicarios que descansaron en las tumbas de San Pedro ya no están allí. Sólo unas cuantas lápidas hablan de una época que las directivas del cementerio intentan borrar. Tal vez por eso hoy es uno de los centros culturales más importantes del norte de la ciudad. Quienes asisten a sus actividades seguramente desconocen que, por sus pasillos, entre las cruces y los monumentos, se libraron batallas de la que fue una de las épocas más oscuras de Medellín.

*nombre cambiado por solicitud de la fuente